Madagascar

Encrucijada entre Asia y África.
Isla extraña, que casi hechiza. Autenticidad de culturas celosamente preservadas, representantes  de una diversidad humana con orígenes todavía misteriosos. Isla del « Mora mora » donde a veces, el tiempo parece haberse borrado de repente, infundiendo una sensación de inmovilismo  a una vida cotidiana en que nunca hay prisa. Aquí, todavía tiene el tiempo otra dimensión, lejos de las exigencias y de las obligaciones de la civilización moderna, ávida de rapidez.

Primero, hay que tomarse tiempo, aprender a esperar, desarrollar la paciencia…

Una naturaleza única en el mundo
Madagascar «la isla roja » con sus grandes ríos del oeste los cuales desembocan en el canal del Mozambique, pero sobre todo Madagascar verde con sus selvas frondosas del este, sus selvas con los árboles que  se deshojan durante la estación seca o bosquecillos de espinosos con extrañas plantas tentaculares, adaptadas a las condiciones climáticas subáridas. Una fauna y una flora con afinidades asiáticas o africanas pero sobre todo animales y plantas únicos en el mundo , que no se pueden encontrar en ninguna otra parte. Los paisajes son variados, magníficos y diferentes por todas partes. Macizos en forma de ruinas del Isalo, montañas redondas en el sur de la meseta, fortalezas de tsingy recortados en los macizos calcáreos del oeste, arrecifes coralinos y mangroves bordeando numerosas zonas costaneras no son más que unos elementos que descubrir en la inmensidad de un país con regiones contrastadas.

Una población acogedora
Pero descubrir Madagascar es también compartir la vida de la población. El aspecto humano y cultural aparece rico de diversidad : grupos étnicos de orígenes diferentes, creencias y ceremonias tradicionales aún muy aferradas y una ceremonia en gran parte vinculada a la naturaleza. Los habitantes, de tradiciones seculares, han aprendido a sacar su subsistencia de un medio ambiente a menudo providencial. En los pueblos del “campo”, el hábitat es todavía tradicional : cabaña sobre pilotes o de adobe, techumbres en fibras vegetales, la vida se conjuga con sencillez y rusticidad,  lejos de todo modernismo.

Una tierra para la aventura
La “Gran Isla” es también un terreno de predilección para experimentar los gozos  de la aventura en todos sus aspectos. Sea en taxi-brousse sea a pie, en boutre (pequeño barco de vela) o en piragua de vela, cada viaje por esas comarcas lejanas será acentuado por situaciones  únicas  e impresiones inolvidables.

Expediciones, escaladas de peñas graníticas que dominan el Imerina, caminatas por la selva espesa del este, olas impresionantes en el sur de la isla que satisfacen a los mejores surfistas, descensos en piragua en los grandes ríos del oeste a la exploración de la región Sakalava, pistas de laterites (tierra de color ladrillo) convirtiéndose en verdaderas cenagales desde las primeras lluvias, paseos en las altas tierras visitando numerosas plazas fortificadas o “Rova”,  fondos submarinos con riquezas insospechadas, verdaderas joyas de la creación.

Pues ¿qué nos hace tanto soñar? Es esa impresión de penetrar en otro espacio tiempo, otro mundo, lejos de la sociedad de consumo y de los hipermercados estandardizados, estar en alguna parte, cortado del mundo exterior internacionalizado y en donde no se encuentra más que hormigón, descubrir otras maneras de ver la vida, otros modos de pensar y nada menos que acercar otra filosofía de la felicidad. Porque a pesar de cierta miseria, localizada sobre todo en la capital, tenemos la impresión de cierta armonía de vida en los campos. Pues, los candidatos para la evasión y  el descubrimiento de una cultura auténtica estarán satisfechos enteramente.

arriba de página